viernes, 31 de julio de 2015

Sabrosas promesas

Cuando hace cien años que no te veo
y faltan cien años para que me veas,
comienzo a alimentar a la esperanza
con dulces, saladas, sabrosas promesas.
Le digo a la esperanza que quizá
me mires con luciérnagas en los ojos
y me cuentes con alondras en la boca
qué has hecho este tiempo,
dónde has andado,
con quién has estado
–y ojalá por qué no conmigo–.
Que quizá me hables de todos los libros
y las películas que no te han hecho llorar,
pero casi.
Que quizá me recuerdes viajes o sueños,
me recuentes escalones de una torre
o me ilustres esculturas con datos:
"sus manos son desproporcionadas...",
"dijo que sólo le faltaba hablar...".
Que quizá me describas un mar nublado
o un cielo embravecido.
Que quizá me digas: "tu pelo", "tus manos",
"tu vestido".
Que quizá me derrita y quieras.
Le susurro a la esperanza que ojalá
confieses que me has llevado
contigo.

martes, 14 de julio de 2015

Si yo escribiera lo que te haría

Ay,
si yo escribiera lo que te haría...
Fíjate en lo que te digo:
las mejillas se le amapolarían
a la misma primavera.
El otoño desnudaría a los árboles,
el invierno temblaría
y el verano ardería
pensando en lo que te haría.
Si tú leyeras lo que te haría
te daría un vahído
de todos los colores,
te vivirías de vergüenza,
todo rojo y carne.
Si yo escribiera lo que te haría
y tú leyeras lo que te haría
me mirarías como diciendo:
¿pero qué...? 
Eso: lo-que-te-haría.
Pregúntame mejor:
¿pero cuándo...? 
¿pero dónde...?

domingo, 10 de mayo de 2015

Me duele la maternidad.
A los veinte años,
me duele la maternidad.
Tengo pesadillas en la vigilia
de vientre baldío,
de nanas mudas,
de cuerpo acunante sin cuerpo acunado.
Tengo la maternidad clavada
como una espina,
hendida en el centro,
sangrante como una herida abierta.
Me duele la maternidad.
Me ahogo en la sangre de este anhelo
tan pequeño, tan grande,
en la sangre de las criaturas nonatas.
Me ahogo en la sangre de una cesárea
abierta al vacío.
Me ahogo en la sangre
 a la que nunca daré luz.
En el regazo y en las manos,
en el pecho y en la boca,
en el vientre:
me duele la maternidad.

domingo, 8 de febrero de 2015

    ¿Pero qué has hecho de mí, hombre, qué has hecho de mí? Me lo has puesto todo patas arriba, le has dado la vuelta a mi vida. De pronto todo lo que conocía, todo lo que era, se ha desmoronado. Ya nada me duele. He dejado de leer a Pizarnik, paso de los cantautores, duermo ocho horas diarias. Y ya apenas lloro, ya apenas lloro; ya sólo lloro de risa. Por tu culpa, hombre, por tu culpa camino con la cabeza alta y sonrío todo el rato sin parar. Y quiero estar guapa. Y quiero vivir todos los días. 
    Cómo lo has hecho, dime, cómo has conseguido salvarme de mí misma. Cómo has logrado cambiarme, sacar de mí todo lo bueno y que lo malo se quede escondido, agazapado, y que no se atreva a salir de lo oscuro. Cómo consigues que no necesite escribir. 
    Me haces sentir de colores. A mí, que siempre he sido tan gris.


viernes, 5 de diciembre de 2014

El olvido está lleno de recuerdos.

Jorge Luis Borges.

   El olvido es una casa azul amueblada con recuerdos. El calor es apelmazante y el frío cala hasta los huesos. Y no encuentras en ella una sola persona, pero está plagada de almas, está plagada de espectros, está plagada de fantasmas que reverberan en plata y vagan del salón a la cocina y de la cocina al cuarto de baño y del cuarto de baño a tu habitación. No caminan; parece que a cada paso se disuelven y al cabo de un momento vuelven a materializarse un poco más adelante. Pero qué. No, no se materializan. Reaparecen. Y aún así se mueven por esta casa azul que es el olvido y que está llena de recuerdos.
   A ratos llevas medias blancas y zapatos ortopédicos y estás comiendo almendras en la salita de la casa de la abuela, y a ratos estás llorando frente a la psicóloga del instituto, y a ratos estás tumbada en una cama que no es la tuya. Puedes hacer muchas cosas en esta casa azul, pero aquí nunca, nunca, nunca se duerme. Porque cuando lo intentas se alza desde el respaldo de una silla el vestido de lunares lila que llevabas la primera vez que os besasteis, o desde el suelo la camisa de cuadros azul que llevaba él la segunda vez, o desde su mesilla el libro que le prestaste y que nunca devolvió, o incluso un recuerdo que es mentira, algo que has inventado, las ganas de decirle algo que callaste o de darle un abrazo que guardaste; cualquiera de estas cosas se alza de dondequiera que estuviera acumulando polvo y te golpea en la sien o en la garganta o en el pecho o en la boca del estómago, unas veces con más fuerza y otras con menos, pero sin dejarte nunca, nunca, nunca dormir.
   Porque para poder dormir tienes que salir de esta casa azul, porque en esta casa azul que es el olvido no transcurre el tiempo de verdad. La casa azul es el pasado. Y no puedes vivir sin salir de ella.
Porque una persona que se empeña en vivir en el pasado
en el presente
está muerta.